Moby Dick

Moby Dick

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Mas volviendo pronto a adoptar su postura horizontal, Moby Dick nadó velozmente una y otra vez en rededor de la naufragada tripulación; batiendo de lado el agua en su vengativa estela, como si se espoleara a sí mismo para aún otro y más mortífero ataque. La visión de la lancha destrozada parecía enloquecerlo, como la sangre de uvas y moras arrojadas ante los elefantes de Antíoco en el Libro de los Macabeos. Mientras tanto, Ajab, medio asfixiado en la espuma de la insolente cola de la ballena, y al estar demasiado lisiado para nadar… aunque aún pudiera mantenerse a flote, incluso en el centro de un remolino como ése… la desvalida cabeza de Ajab se veía como una burbuja zarandeada que el menor golpe fortuito podría reventar. Desde la fragmentada popa de la lancha, Fedallah le observaba indiferente y sereno; la tripulación que se aferraba al otro extremo a la deriva no podía socorrerle; más que suficiente era para ellos cuidarse de sí mismos. Pues tan revulsivamente pavoroso resultaba el aspecto de la ballena blanca, y tan planetariamente veloces los cada vez más reducidos círculos que hacía, que parecía estar precipitándose horizontalmente sobre ellos. Y aunque las otras lanchas, intactas, seguían planeando muy cerca, no osaban en modo alguno introducirse en el remolino para atacar, no fuera a ser ésa la señal para la instantánea destrucción de los apurados náufragos, Ajab y los demás; tampoco en ese caso podrían ellos esperar escapar. Con ojos absortos, por tanto, permanecían en el borde exterior de la funesta zona, cuyo centro había ahora ocupado la cabeza del viejo.


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