Moby Dick

Moby Dick

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Entretanto, a partir de su inicio, todo esto había sido advertido desde los topes del barco; y alineando sus vergas, se había acercado al lugar; y ahora estaba tan próximo, que Ajab, desde el agua, le gritó:

—¡Navegad hacia…!

Pero en ese instante un rompiente de Moby Dick le golpeó y le sumergió momentáneamente. Mas ganando de nuevo la superficie, y dando en elevarse en una alta cresta, gritó:

—¡Navegad hacia la ballena…! ¡Apartadla!

El Pequod tenía enfilada la proa; y rompiendo el círculo encantado, separó con eficacia a la ballena blanca de su víctima. Mientras ésta se alejaba nadando hoscamente, las lanchas se apresuraron al rescate.

Alzado a la lancha de Stubb con ojos cegados, inyectados en sangre, la blanca salmuera cuajándose en sus arrugas, la prolongada tensión del esfuerzo corporal de Ajab se quebró, e, indefenso, cedió a la condena de su cuerpo, yaciendo durante un tiempo completamente doblegado en el fondo de la lancha de Stubb, lo mismo que si hubiera sido pisoteado por manadas de elefantes. Muy del interior, surgían de él innominados gemidos, como desolados sonidos desde barrancos.


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