Moby Dick
Moby Dick —¿De quién es ahora el doblón? ¿Le veis?
Y si la respuesta era ¡no, señor!, inmediatamente les ordenaba que le alzaran a su percha. De esta forma transcurrió el dÃa; Ajab ora en lo alto e inmóvil; ora recorriendo las planchas incansablemente de un lado a otro.
Mientras asà caminaba, sin emitir sonido alguno excepto para llamar a los hombres de arriba, o para indicarles que izaran aún más una vela, o que desplegaran alguna a una anchura aún mayor… andando asà de un lado al otro bajo su sombrero gacho, en cada vuelta pasaba junto a su propia lancha naufragada, que habÃa sido dejada sobre el alcázar, y allà estaba volcada, desde la proa quebrada a la destrozada popa. Finalmente se paró ante ella; y al igual que en un cielo ya nublado cruzan a veces nuevas hordas de nubes, asà sobre el rostro del viejo se filtró ahora alguna análoga aflicción añadida.
Stubb le vio detenerse; y quizá intentando, aunque no vanidosamente, demostrar su propia fortaleza indemne, y de esta manera conservar un valeroso lugar en la mente de su capitán, se aproximó, y observando el pecio, exclamó:
—El cardo que rechazó el asno; le pinchaba demasiado en la boca, señor. ¡Ja, ja!