Moby Dick
Moby Dick —¿Qué cosa desalmada es esta que rÃe ante un pecio? ¡Marinero, marinero! Si no os supiera valiente como el impertérrito fuego (e igual de mecánico), podrÃa jurar que erais un pusilánime. Lamento, no risa, deberÃa escuchar ante un pecio.
—SÃ, señor –dijo Starbuck, acercándose–, es una visión solemne; un presagio, y malo.
—¿Presagio?, ¿presagio?… ¡El diccionario! Si los dioses tienen intención de hablar sin reservas al hombre, honorablemente le hablarán sin reservas; no menearán la cabeza y pronunciarán una oscura insinuación de vieja… ¡Marchaos! Vosotros dos sois los polos opuestos de una sola cosa: Starbuck es Stubb al revés, y Stubb es Starbuck; y vosotros dos sois toda la humanidad; y Ajab está solo entre los millones de toda la poblada Tierra, ¡ni dioses ni hombres, sus vecinos! FrÃo, frÃo… ¡Tirito!… ¿Cómo va? ¡Eh, arriba! ¿Le veis? Cantad en cada chorrear, ¡aunque suelte chorros diez veces por segundo!
El dÃa casi habÃa acabado, sólo el orillo de su dorada capa crepitaba. Pronto fue casi de noche, aunque los vigÃas aún continuaban sin relevo.
—¡Ya no se puede ver el chorro, señor. Demasiado oscuro! –gritó una voz desde el aire.
—¿Cómo se orientaba cuando se vio por última vez?
—Como antes, señor… derecho a sotavento.