Moby Dick

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—¡Bien! Esta noche viajará lento. Arriad sobrejuanetes y alas de juanete, señor Starbuck. No debemos sobrepasarlo antes de la mañana; ahora va de travesía, y puede que capee un poco. ¡Ah de la caña! ¡Mantenedlo en popa cerrado…! ¡Los de arriba! ¡Bajad…! Señor Stubb, enviad un tripulante fresco al tope del trinquete y cuidaos de que éste esté ocupado hasta mañana…

Entonces, avanzando hacia el doblón en el palo mayor…

—Marineros, este oro es mío, pues yo lo gané; pero lo dejaré morar aquí hasta que la ballena blanca esté muerta; y, entonces, el que de entre vosotros la levante por vez primera en el día en que sea muerta, este oro es de ese hombre; y si en ese día la levantara yo de nuevo, entonces, ¡se dividirá entre todos vosotros diez veces su suma! ¡Fuera ahora…! El puente es vuestro, señor.

Y así diciendo, se situó a mitad dentro del escotillón y, calándose el sombrero, permaneció allí hasta el amanecer, excepción hecha de cuando a intervalos se espabilaba para ver cómo transcurría la noche.



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