Moby Dick
Moby Dick »Jonás entra, y querrÃa cerrar la puerta, pero la puerta no tiene llave. Al escucharle hurgando allà absurdamente, el capitán rÃe en voz baja para sÃ, y murmura algo sobre las puertas de las celdas de los convictos, que nunca se pueden cerrar desde dentro. Completamente vestido y polvoriento como está, Jonás se deja caer en su litera y ve que el techo del pequeño camarote casi topa con su frente. El aire está enclaustrado y Jonás respira con dificultad. Entonces, en ese reducido hueco, sumergido además bajo la lÃnea de flotación del barco, Jonás siente la prenunciadora intuición de esa agobiante hora en la que la ballena le retendrá en la parte más pequeña de las estancias de sus intestinos.
»Atornillada en su eje al lateral, una lámpara colgante oscila levemente en el cuarto de Jonás; y al ladearse el barco hacia el muelle con el peso de los últimos fardos recibidos, la lámpara, llama y todo, aunque en leve movimiento, mantiene, no obstante, una oblicuidad permanente con respecto al cuarto; aun cuando en verdad infaliblemente recta ella misma, no puede sino hacer obvios los falsos y engañosos niveles entre los que cuelga. La lámpara alarma y asusta a Jonás, mientras, tumbado en su litera, sus atormentados ojos giran alrededor del lugar; y este fugitivo, hasta el momento victorioso, no encuentra refugio para su mirar desasosegado. Y esa contradicción en la lámpara le aterroriza cada vez más. El suelo, el techo y la amurada: todos están ladeados.