Moby Dick
Moby Dick »Terrores y más terrores atraviesan gritando su alma. En sus amedrentadas actitudes se reconoce ahora claramente al fugitivo de Dios. Los marineros se fijan en él; sus sospechas sobre él devienen más y más ciertas, y finalmente, para comprobar la verdad, refiriendo todo el asunto al excelso Cielo, deciden echar suertes, por averiguar a causa de quién estaba esta gran tempestad sobre ellos. La suerte recae en Jonás; descubierto lo cual, ¡con qué furia le acosan entonces con sus preguntas! “¿Cuál es vuestra ocupación? ¿De dónde venís? ¿Cuál es vuestro país? ¿Quién es vuestra gente?”. Pero fijaos bien en el comportamiento del pobre Jonás, compañeros míos de tripulación. Los ansiosos marineros sólo le preguntan quién es, y de dónde; mientras que no sólo reciben una respuesta a esas preguntas, sino, de igual modo, otra respuesta a una pregunta no formulada por ellos; pues la no solicitada respuesta es extraída de Jonás por la dura mano de Dios, que está sobre él.
»“¡Soy un hebreo!”, grita… y entonces… “¡Temo al Dios del Cielo, que hizo el mar y la tierra firme!”