Moby Dick
Moby Dick Sin embargo, viniendo de la cocina, un cálido y sabroso vapor se encargó de contradecir el aparentemente desolado panorama ante nosotros. Y cuando ese chowder humeante llegó, el misterio quedó maravillosamente explicado. ¡Ah, afables amigos!, prestadme atención. Estaba elaborado con pequeñas almejas jugosas, apenas más grandes que avellanas, mezcladas con bizcocho de barco desmenuzado y cerdo salado cortado en lasquitas; todo ello enriquecido con mantequilla, y abundantemente sazonado con pimienta y sal. Al estar agudizados nuestros apetitos por la gélida travesía y, en particular, al ver Queequeg su alimento favorito de pescado ante sí, y estar el chowder sobremanera excelente, lo despachamos con gran diligencia; tras lo cual, reclinándome yo entonces un momento y rememorando la proclama de almeja o bacalao de la señora Hussey, pensé intentar un pequeño experimento. Me acerqué a la puerta de la cocina, pronuncié la palabra «bacalao» con gran énfasis, y volví a mi sitio. A los pocos instantes el sabroso vapor llegó de nuevo, pero con un aroma distinto, y a su momento un estupendo chowder de bacalao fue situado ante nosotros.
Retomamos la tarea; y mientras aplicábamos nuestras cucharas al plato, pensé yo para mí: «Me pregunto si afectará de algún modo a la cabeza. ¿Cuál es ese desatinado dicho sobre la estupidez de la gente con cabeza de chowder?».
—Pero mira, Queequeg, ¿no es eso una anguila viva en tu plato? ¿Dónde está tu arpón?