Moby Dick
Moby Dick Nada habĂa, quizá, que fuera muy particular en la apariencia del anciano que vi; era curtido y fornido, como la mayor parte de los marinos viejos, y se arropaba pesadamente en un capote azul de piloto cortado al estilo cuáquero; salvo que habĂa una fina y casi microscĂłpica red de las más menudas arrugas entrelazándose alrededor de los ojos, que debĂan de haber surgido de su continuo navegar en muchos temporales, y siempre mirando a barlovento… pues esto hace que se arruguen los mĂşsculos alrededor de los ojos. Esas arrugas de los ojos resultan muy eficaces al fruncir el ceño.
—¿Es éste el capitán del Pequod? —dije, avanzando hasta la puerta del cobertizo.
—Suponiendo que se tratara del capitán del Pequod, ¿qué es lo que vos demandáis de él? —preguntó.
—Estaba pensando embarcarme.
—Lo estabais, ¿lo estabais vos? Observo que no sois originario de Nantucket… ¿Habéis estado alguna vez en una lancha desfondada?
—No, señor, nunca.
—No sabéis nada en absoluto sobre la pesca de la ballena, oso decir… ¿eh?
—Nada, señor; aunque no albergo duda alguna de que aprenderé pronto. He hecho varios viajes en el servicio mercante, y creo que…