Moby Dick
Moby Dick —Al diablo el servicio mercante. No mencionéis esa jerigonza. ¿Veis esa pierna?… Si alguna vez volvéis a hablarme del servicio mercante tendré que sacar esa pierna de vuestra popa. ¡Servicio mercante, decÃs! Supongo, además, que os sentÃs considerablemente orgulloso de haber servido en esos barcos mercantes. Pero, ¡palmas de ballena! Muchacho, ¿qué os hace desear ir en un ballenero, eh?… Parece un poco sospechoso, ¿eh?… ¿No habréis sido pirata?, ¿o sà lo fuisteis?… ¿No robarÃais a vuestro último capitán?, ¿o sà lo hicisteis?… ¿No estaréis pensando en asesinar a los oficiales una vez os halléis en la mar?
Defendà mi inocencia en estas cuestiones. Observé que bajo la máscara de estas insinuaciones medio burlescas este viejo marino, como aislado cuáquero de Nantucket, estaba cargado de sus prejuicios insulares, y tendÃa a desconfiar de todos los extraños, a no ser que procedieran de cabo Cod o del Vineyard.
—Mas ¿qué os hace ir a la pesca de la ballena? Eso es lo que deseo saber antes de pensar en embarcaros.
—Bueno, señor, quiero saber qué es la pesca de la ballena. Quiero ver el mundo.
—Queréis saber qué es la pesca de la ballena, ¿eh? ¿Habéis echado un ojo al capitán Ajab?
—¿Quién es el capitán Ajab, señor?
—SÃ, sÃ, eso me pareció. El capitán Ajab es el capitán de este barco.