Moby Dick

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Durante un momento me quedé algo perplejo ante su curioso requerimiento, sin saber exactamente cómo tomármelo, si en broma o en serio. Pero, concentrando todas sus patas de gallo en un fruncido ceño, el capitán Péleg me hizo dirigirme al recado.

Al avanzar y mirar sobre la amura de barlovento me di cuenta de que el barco, borneando al ancla con la marea, estaba en ese momento señalando oblicuamente hacia el océano abierto. El panorama era ilimitado, pero excesivamente monótono y desabrido; sin la menor variedad, que yo viera.

—Bien, ¿cuál es el informe? —dijo Péleg cuando volví—, ¿qué habéis visto?

—No mucho —repliqué—, nada, excepto agua; aun así, un horizonte considerable, y se aproxima una tormenta, creo.

—Bien, ¿qué es lo que pensáis, entonces, acerca de ver el mundo? ¿Deseáis doblar el cabo de Hornos para ver algo más de él, eh? ¿No podéis ver el mundo desde donde estáis?

Quedé un poco tocado, pero a pescar ballenas había de ir, y lo haría; y el Pequod era tan buen barco como cualquiera —yo creía que el mejor—, y todo esto se lo repetí entonces a Péleg. Al verme tan decidido, expresó su disposición a enrolarme.

—Y podéis también firmar los papeles al momento —añadió—: seguidme —y así diciendo, me condujo bajo cubierta, a la cabina.


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