Moby Dick
Moby Dick Digo yo que nosotros, buenos cristianos presbiterianos, deberÃamos ser caritativos en estas cosas, y no creernos tan enormemente superiores a otros mortales, paganos o no paganos, a causa de sus extravagantes pareceres en estos asuntos. Ahà estaba ahora Queequeg, ciertamente sosteniendo las nociones más absurdas sobre Yojo y su Ramadán… pero ¿y qué? Queequeg pensaba que sabÃa lo que hacÃa, supongo; parecÃa estar contento; y que ahà quede en paz. Todo lo que discutamos con él no servirá para nada; dejadle en paz, digo: y que el Cielo tenga piedad de todos nosotros —tanto presbiterianos como paganos—, pues todos en cierto modo estamos terriblemente mal de la cabeza, y lamentablemente necesitamos arreglo.
Al anochecer, cuando estuve seguro de que todas sus celebraciones y rituales debÃan haber terminado, subà a su habitación y llamé a la puerta; pero no hubo respuesta. Traté de abrirla, pero estaba cerrada por dentro.
—Queequeg —dije suavemente, a través del ojo de la cerradura…
Todo en silencio.
—¡Queequeg, escucha! ¿Por qué no hablas? Soy yo… Ismael.