Moby Dick

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Al anochecer, cuando estuve seguro de que todas sus celebraciones y rituales debían haber terminado, subí a su habitación y llamé a la puerta; pero no hubo respuesta. Traté de abrirla, pero estaba cerrada por dentro.

—Queequeg —dije suavemente, a través del ojo de la cerradura…

Todo en silencio.

—¡Queequeg, escucha! ¿Por qué no hablas? Soy yo… Ismael.

Pero todo siguió tan callado como antes. Empecé a alarmarme. Le había dado tanto tiempo… pensé que quizá había sufrido una apoplejía. Miré por el ojo de la cerradura; pero como la puerta abría a una especie de rincón de la habitación, el panorama del ojo de la cerradura no era sino una vista tortuosa y adversa. Sólo podía ver parte del pie de la cama y una línea de la pared, pero nada más. Me sorprendió observar, apoyado contra la pared, el ástil de madera del arpón de Queequeg, que la patrona le había quitado la noche anterior, antes de subir al cuarto. Es extraño, pensé; pero en cualquier caso, como el arpón está allí, y él nunca o casi nunca sale sin él, debe, por tanto, estar aquí dentro, sin posibilidad de error.

—¡Queequeg!… ¡Queequeg!…

Todo callado.


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