Moby Dick

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Algo debe haber ocurrido. ¡Apoplejía! Traté de derribar la puerta; pero resistió firmemente. Bajé corriendo las escaleras y rápidamente expuse mis aprensiones a la primera persona que encontré… la doncella.

—¡Huy! ¡Huy! —gritó—. Me pareció que algo debía de pasar. Fui a hacer la cama después del desayuno, y la puerta estaba cerrada; no se oía ni una mosca. Y desde entonces ha estado exactamente igual de silencioso. Pero yo pensé: puede ser que los dos se hayan ido y dejado cerrado el equipaje para tenerlo a salvo. ¡Huy! ¡Huy, señora!… ¡Ama! ¡Homicidio! ¡Señora Hussey! ¡Apoplejía!…

Y con estos gritos salió corriendo hacia la cocina, y yo tras ella.

Pronto apareció la señora Hussey, con un tarro de mostaza en una mano y una vinagrera en la otra, al haber interrumpido en ese momento la ocupación de disponer las angarillas, y de regañar mientras tanto a su pequeño mozo negro.

—¡La leñera! —grité yo—. ¿Cómo se va a la leñera? Corred, por amor de Dios, y traed algo para forzar la puerta… ¡El hacha!… ¡El hacha!… Le ha dado un ataque; ¡no puede ser otra cosa!…

Y así diciendo, apresurándome estaba de nuevo desordenamente escaleras arriba con las manos vacías, cuando la señora Hussey interpuso el tarro de mostaza y la vinagrera, y las angarillas enteras de su semblante.


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