Moby Dick

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—¿Qué es lo que le ocurre, joven?

—¡Traed el hacha! ¡Por el amor de Dios, que alguien busque al médico mientras fuerzo la puerta!

—Atended —dijo la patrona, dejando rápidamente la vinagrera, para tener una mano libre—; atended: ¿estáis hablando de forzar una de mis puertas? —y al decirlo me cogió el brazo—. ¿Qué es lo que os pasa? ¿Qué es lo que os pasa, marinero?

Del modo más calmado, aunque el más rápido posible, le expliqué la totalidad del caso. Ella rumió un instante, llevándose inconscientemente la vinagrera a un lado de su nariz; entonces exclamó…

—¡No! No lo he visto desde que lo puse ahí.

Corrió hasta un pequeño armario bajo el rellano de las escaleras, miró dentro y, al volver, me dijo que faltaba el arpón de Queequeg.

—¡Se ha matado! —gritó—. Es otra vez de nuevo el infortunado Stiggs… otro cubrecama perdido… ¡Que Dios tenga piedad de su pobre madre!… Será la ruina de mi casa. ¿Tiene alguna hermana el pobre muchacho? ¿Dónde está esa chica?… Eh, Betty, ve a Snarles, el pintor, y dile que me pinte un letrero, que diga… «no se permiten suicidios en la casa», y «no fumar en el salón…»: bien puedo matar ambos pájaros a la vez. ¿Matar? ¡Que el Señor se apiade de su fantasma! ¿Qué es ese ruido? ¡Vos, joven, deteneos!


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