Moby Dick
Moby Dick Y, corriendo tras de mÃ, me atrapó cuando de nuevo estaba intentando violentar la puerta.
—No voy a permitirlo; no voy a dejar que deterioren mis propiedades. Id a buscar al cerrajero, hay uno a una milla de aquÃ. Aunque, ¡alto ahÃ! —metiendo una mano en su bolsillo lateral—, aquà hay una llave que servirá, supongo; veamos.
Diciendo lo cual, la giró en la cerradura; pero, ¡ay!, el pestillo suplementario de Queequeg no estaba descorrido por dentro.
—Hay que reventarla —dije yo, y estaba distanciándome un poco por el vestÃbulo para tomar carrerilla, cuando la patrona me atrapó, de nuevo instándome a que no rompiera su propiedad; pero yo me zafé de ella, y con repentino impulso del cuerpo me lancé de lleno contra el objetivo.
La puerta se abrió haciendo un ruido prodigioso, y el picaporte, al golpear contra la pared, lanzó yeso hasta el techo; y allÃ, ¡Cielos!, allà estaba sentado Queequeg, completamente impávido y sereno; exactamente en el centro de la habitación, sentado sobre sus talones, y con Yojo colocado sobre su cabeza. No miraba ni a un lado ni al otro, sino que estaba sentado como una imagen tallada, sin apenas signo alguno de vida activa.
—Queequeg —dije yo, acercándome a él—, Queequeg, ¿qué es lo que te pasa?