Moby Dick
Moby Dick —No habrá estado sentado asà todo el dÃa, ¿no? —dijo la patrona.
Pero, por mucho que dijéramos, ni una palabra podÃamos extraer de él; yo estuve a punto de tumbarle de un empujón, para asà cambiar su postura, pues era casi insoportable, de tan dolorosa y antinaturalmente forzada que parecÃa; en especial, dado que, con toda probabilidad, habÃa estado sentado de esa manera hasta ocho o diez horas, además pasándose sin sus comidas cotidianas.
—Señora Hussey —dije yo—, en cualquier caso está vivo; asà que déjenos, por favor, que yo me ocuparé de este extraño asunto por mà mismo.
Cerrando la puerta tras la patrona, me esforcé por convencer a Queequeg para que cogiera una silla; pero en vano. Ahà estaba sentado; e hiciera yo lo que hiciera… con todas mis corteses mañas y todos mis halagos… no movÃa ni un dedo, ni decÃa una sola palabra, ni siquiera me miraba, ni percibÃa mi presencia en la menor de las maneras.