Moby Dick

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Pero, por mucho que dijéramos, ni una palabra podíamos extraer de él; yo estuve a punto de tumbarle de un empujón, para así cambiar su postura, pues era casi insoportable, de tan dolorosa y antinaturalmente forzada que parecía; en especial, dado que, con toda probabilidad, había estado sentado de esa manera hasta ocho o diez horas, además pasándose sin sus comidas cotidianas.

—Señora Hussey —dije yo—, en cualquier caso está vivo; así que déjenos, por favor, que yo me ocuparé de este extraño asunto por mí mismo.

Cerrando la puerta tras la patrona, me esforcé por convencer a Queequeg para que cogiera una silla; pero en vano. Ahí estaba sentado; e hiciera yo lo que hiciera… con todas mis corteses mañas y todos mis halagos… no movía ni un dedo, ni decía una sola palabra, ni siquiera me miraba, ni percibía mi presencia en la menor de las maneras.

Me pregunto, pensé yo, si es posible que esto pueda formar parte de su Ramadán; ¿ayunarán sentados sobre sus talones de esa manera en su isla nativa? Debe ser así; sí, es parte de su credo, supongo. Bien, entonces dejémosle descansar, más tarde o más temprano se levantará, no cabe duda. No puede durar para siempre, gracias a Dios, y su Ramadán sólo se produce una vez al año; además, no creo que sea con mucha puntualidad.


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