Moby Dick
Moby Dick Me pregunto, pensé yo, si es posible que esto pueda formar parte de su Ramadán; ¿ayunarán sentados sobre sus talones de esa manera en su isla nativa? Debe ser asÃ; sÃ, es parte de su credo, supongo. Bien, entonces dejémosle descansar, más tarde o más temprano se levantará, no cabe duda. No puede durar para siempre, gracias a Dios, y su Ramadán sólo se produce una vez al año; además, no creo que sea con mucha puntualidad.
Me bajé a cenar. Tras un gran rato sentado escuchando las largas historias de unos marineros que acababan de llegar de una expedición pudin, tal como ellos la llamaban (es decir, un corto viaje ballenero en una goleta o bergantÃn, circunscrito al norte del ecuador, y sólo en el océano Atlántico); después de escuchar a estos pudineros hasta casi las once, subà las escaleras para ir a la cama, bastante seguro de que para entonces Queequeg, ciertamente, debÃa haber concluido su Ramadán. Mas no; ahà estaba, exactamente donde le habÃa dejado; no se habÃa movido ni una pulgada. Empecé a sentirme molesto con él: tan completamente demente y sin sentido parecÃa estar sentado allÃ, sobre sus talones, todo el dÃa y la mitad de la noche, en una habitación frÃa y sosteniendo un trozo de madera en la cabeza.
—Por amor de Dios, Queequeg, levanta y desperézate; levántate y cena algo. Te morirás de hambre, te matarás, Queequeg —pero no respondÃa palabra.