Moby Dick

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Dejándolo, consecuentemente, por imposible, decidí irme a la cama y dormir, sin duda, él me seguiría antes de que transcurriera un gran rato. Aunque previamente a retirarme cogí mi pesada cazadora de piel de oso y se la puse por encima, ya que prometía ser una noche muy fría, y él no tenía nada encima excepto su chaqueta normal de entretiempo. Durante cierto rato, hiciera lo que hiciera, no podía conciliar el menor letargo. Había soplado la vela; y la mera idea de Queequeg sentado allí —a menos de cuatro pies de distancia—, en aquella incómoda posición, completamente solo en el frío y la oscuridad, aquello me hacía sentirme verdaderamente desdichado. Pensadlo, ¡toda la noche durmiendo en la misma habitación con un pagano completamente despierto, sentado sobre sus talones en aquel desolado, incomprensible Ramadán!

Pero de algún modo, finalmente caí en el sueño, y no supe nada más hasta que rompió el día; momento en que, al mirar sobre el borde de la cama, allí estaba Queequeg sentado sobre sus talones, como si le hubieran atornillado al suelo. Pero tan pronto como el primer atisbo de sol entró por la ventana, se levantó, con las articulaciones rígidas y chirriantes, aunque con aspecto jovial; fue cojeando hacia donde yo estaba tumbado; apoyó su frente contra la mía; y dijo que su Ramadán había terminado.


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