Moby Dick
Moby Dick —No, no, no; no me habĂa dado cuenta —dijo ElĂas, echando una ojeada lenta y asombradamente de mĂ a Queequeg con las más inexplicables miradas.
—ElĂas —dije yo—, nos harĂas un favor a mi amigo y a mĂ si te retiraras. Vamos a los ocĂ©anos ĂŤndico y PacĂfico, y preferirĂamos no ser obstaculizados.
—PreferirĂaislo vos, Âżno es asĂ? ÂżVolverĂ©is antes del desayuno?
—Está mal de la cabeza, Queequeg —dije yo—, vamos.
—¡Hola ahĂ! —gritĂł el estacionario ElĂas, reclamándonos cuando nos habĂamos apartado unos pasos.
—No le prestes atención —dije yo—, vamos, Queequeg.
Pero se deslizó de nuevo hasta nosotros, y palmeando repentinamente su mano en mi hombro, dijo…
—¿Visteis algo que parecĂan hombres yendo hacia ese barco hace un momento?
Sorprendido por esta simple pregunta, respondĂ, diciendo:
—SĂ, creĂ haber visto a cuatro o cinco hombres, pero estaba demasiado oscuro para estar seguro.
—Muy oscuro, muy oscuro —dijo ElĂas—. Buen dĂa a vos.
Otra vez le dejamos; pero de nuevo vino suavemente tras nosotros; y, tocándome en el hombro, dijo:
—Mirad a ver si los podéis encontrar ahora, ¿queréis?