Moby Dick

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—¡Buen día a vos!, ¡buen día a vos! —replicó, de nuevo alejándose—. ¡Oh! Iba a preveniros contra… pero no importa, no importa… Todo es uno, todo en familia, además… Una helada que corta esta mañana, ¿no? Adiós a vos. No volveré a veros muy pronto, supongo; a no ser que sea ante el Gran Jurado.

Y con estas quebradas palabras partió finalmente, dejándome por el momento con no pequeño asombro ante su delirante descaro.

Al fin, al subir a bordo del Pequod, encontramos todo en profunda calma, no se movía ni un alma. La entrada a la cabina estaba cerrada por dentro; todos los cuarteles estaban emplazados y sujetos con rollos de jarcia. Avanzando hacia el castillo, encontramos abierto el pasador del escotillón. Al ver una luz, bajamos, y sólo encontramos allí a un viejo jarciero envuelto en una andrajosa cazadora. Estaba tumbado a todo lo largo sobre dos arcones, su rostro hacia abajo, insertado en sus brazos plegados. El más profundo de los sueños dormía en él.

—Esos marineros que vimos, Queequeg, ¿dónde pueden haber ido? —dije yo, mirando con recelo al durmiente.


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