Moby Dick

Moby Dick

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Mas al parecer, cuando estábamos en el muelle, Queequeg no había percibido en modo alguno lo que yo ahora mencionaba; de ahí que, de no haber sido por la de otra manera inexplicable pregunta de Elías, yo habría pensado que me había engañado ópticamente en esa cuestión. Pero ignoré el asunto; y fijándome de nuevo en el durmiente, en broma le indiqué a Queequeg que quizá deberíamos velar el cuerpo, diciéndole que se acomodara oportunamente. Él puso su mano sobre el trasero del durmiente, como palpando a ver si estaba suficientemente mullido; y entonces, sin mayor problema, se sentó allí tranquilamente.

—¡Por Dios! Queequeg, no te sientes ahí —dije yo.

—¡Ah!, duy duen asiento —dijo Queequeg—, manera mi país; no hacer daño rostro él.

—¡Rostro! —dije yo—. ¿Llamas a eso su rostro? Un muy benevolente semblante, entonces; pero con qué fuerza respira, está asfixiándose: levántate, Queequeg, pesas mucho, estás aplastando la cara del pobre. ¡Levántate, Queequeg! Mira, pronto te va a sacudir de encima. Me extraña que no se despierte.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker