Moby Dick
Moby Dick Queequeg se trasladó hasta justo más allá de la cabeza del durmiente, y encendió su pipa tomahawk. Yo me senté a los pies. Estuvimos pasándonos la pipa del uno al otro sobre el soñador. Mientras tanto, al preguntarle, Queequeg me dio a entender, a su entrecortada manera, que en su tierra, a causa de la ausencia de bancos y sofás de cualquier tipo, el rey, los jefes y la gente importante en general tenÃan la costumbre de engordar a algunos de las clases inferiores para emplearlos como otomanas; y que para amueblar una casa confortablemente en ese aspecto sólo tenÃas que pagar a ocho o diez tipos perezosos, y tumbarlos por ahÃ, en rincones y entrepaños. Aparte, era algo muy conveniente en una excursión, mucho mejor que esas sillas de jardÃn que se convierten en bastones; en semejante ocasión, un jefe llama a su sirviente, y le pide que se convierta en un banco bajo un anchuroso árbol, puede que en un lugar húmedo y pantanoso.
Mientras contaba estas cosas, cada vez que Queequeg recibÃa de mà el tomahawk, blandÃa sobre la cabeza del durmiente el extremo del hacha de éste.
—¿Para qué haces eso, Queequeg?
—Duy fácil, mato-i; ¡oh!, ¡duy fácil!