Moby Dick

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Estaba contando algunas bárbaras remembranzas sobre su pipa-tomahawk, que al parecer, en sus dos usos, tanto había roto la cabeza de sus enemigos como apaciguado su alma, cuando el jarciero durmiente captó nuestra atención. La fuerte emanación, que llenaba ahora completamente el reducido agujero, empezó a afectarle. Respiraba con una especie de amordazamiento; después pareció tener molestias en la nariz; después se dio la vuelta una o dos veces; después se incorporó y se frotó los ojos.

—¡Hola ahí! —respiró finalmente—, ¿quién sois vos, fumadores?

—Hombres enrolados —contesté yo—: ¿cuándo zarpa?

—Sí, sí, vos vais en él, ¿no? Zarpa hoy. El capitán vino a bordo la pasada noche.

—¿Qué capitán?… ¿Ajab?

—¿Quién, sino él, iba a ser?

Le iba a hacer algunas preguntas más sobre Ajab cuando escuchamos un ruido en cubierta.

—¡Hola ahí! Starbuck está despierto —dijo el jarciero—. Ése sí es un primer oficial diligente; buen hombre, y un hombre devoto; mas, ahora, a ponerse en movimiento: debo ir a trabajar.

Diciendo lo cual fue a cubierta, y nosotros le seguimos.


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