Moby Dick
Moby Dick Mientras tanto, supervisando la otra parte del barco, a popa, el capitán Péleg marchaba de un lado a otro y juraba de la más espantosa manera. CreÃ, casi, que iba a hundir el barco antes de que pudiera izarse el ancla; involuntariamente me quedé quieto en mi espeque, y le dije a Queequeg que hiciera lo mismo, pensando en los peligros que ambos corrÃamos al iniciar la expedición con semejante diablo como piloto. No obstante, me estaba reconfortando con la idea de que en el piadoso Bildad podrÃa hallarse cierta salvación, a pesar de su setecientos setenta y siete provecho, cuando sentà un repentino golpe seco en mi trasero y, volviéndome, quedé horrorizado ante la aparición del capitán Péleg en ademán de retirar su pierna de mi inmediata vecindad. Ése fue mi primer golpe.
—¿Es ésa la forma en la que recogen en la marina mercante? —rugió—. Empujad, vos, cabeza de bóvido; ¡empujad y rompeos el espinazo! ¿Por qué no empujáis? Todos vosotros, digo… ¡Empujad! ¡Quohog! Empujad, vos, el de las patillas rojas; empujad ahÃ, gorra escocesa; empujad, vos, pantalón verde. Empujad, digo, todos vosotros, ¡empujad hasta se os salten los ojos!
Y asà diciendo se movÃa al lado del molinete, empleando su pierna aquà y allá de muy liberal manera, mientras el imperturbable Bildad seguÃa guiando con su salmodia. El capitán Péleg debe de haber estado bebiendo algo hoy, pensé yo.