Moby Dick

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Finalmente fue izada el ancla, se largaron las velas y, deslizándonos, salimos. Fue una Navidad breve y fría; y mientras el corto día septentrional se fundía con la noche, nos vimos ya casi en el invernal océano abierto, cuyas gélidas rociadas nos recubrían de hielo como con una pulida armadura. Las largas filas de dientes de las amuradas refulgían a la luz de la luna; e inmensos carámbanos curvos pendían de la proa, igual que los blancos colmillos de marfil de algún enorme elefante.

El enjuto Bildad, como piloto, encabezó la guardia de prima, y de vez en cuando, mientras el viejo navío hendía profundo en los verdes mares, y enviaba el escalofriante rocío todo por encima suyo, y los vientos aullaban, y el cordaje resonaba, se escuchaban sus firmes notas:

Dulces campos, más allá de la marea creciente,

de vívido verde visten sus pendientes.

Así fue para los judíos del antiguo Canaán

mientras entre ellos fluyó el Jordán.


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