Moby Dick
Moby Dick Nunca sonaron esas dulces palabras para mí con mayor dulzura que entonces. Estaban llenas de esperanza y de fruición. A pesar de aquella frígida noche de invierno en el turbulento Atlántico, a pesar de mis pies mojados y de mi más mojada cazadora, aún había, me parecía a mí entonces, muchas placenteras radas esperándome; y prados y claros de bosques tan eternamente vernales, que la hierba brotada en primavera, permanece a mitad del verano sin hollar ni amustiarse.
Finalmente ganamos aguas tales, en las que los dos pilotos ya no se necesitaron más. El robusto bote de vela que nos había acompañado empezó a situarse al costado.