Moby Dick
Moby Dick Fue curioso, y no poco ameno, el modo en que Péleg y Bildad quedaron afectados por esta coyuntura, en especial el capitán Bildad. Pues reacio a partir aún, muy reacio a abandonar definitivamente un barco en camino a una expedición tan larga y peligrosa… más allá de los dos cabos tormentosos; un barco en el que estaban invertidos algunos miles de sus duramente ganados dólares; un barco en el que un viejo compañero de tripulación zarpaba como capitán; un hombre casi tan viejo como él, que una vez más comenzaba a afrontar los terrores todos de la inmisericorde mandíbula; reacio a decir adiós a algo tan colmado en todo modo con cada uno de sus intereses… el pobre viejo Bildad se entretuvo mucho: recorrió la cubierta con ansiosas zancadas; bajó raudo a la cabina para decir allí otra palabra de despedida; vino de nuevo a cubierta, y miró a barlovento; miró hacia las extensas e ilimitadas aguas, sólo acotadas por los muy lejanos, invisibles continentes orientales; miró hacia la tierra; miró hacia arriba; miró a derecha e izquierda; miró a todas y a ninguna parte; y finalmente, enrollando mecánicamente un cabo sobre su cabilla, convulsivamente agarró al corpulento Péleg de la mano y, alzando un farol, permaneció un momento mirando fijamente en su rostro, tanto como para decir: «No obstante, amigo Péleg, puedo soportarlo; sí, puedo».