Moby Dick
Moby Dick Tampoco, quizá, dejará de ser finalmente percibido que tras esas formas y costumbres, a veces, por decirlo de alguna manera, se enmascaraba él mismo; haciendo incidentalmente uso de ellas para otros y más privados fines que los que legítimamente estaban destinadas a servir. Ese cierto sultanismo de su cerebro, que de otra manera hubiera en buen grado permanecido oculto, ese mismo sultanismo se encarnó a través de esas formas en una irresistible dictadura. Pues sea cual fuere la superioridad intelectual de un hombre, nunca puede ésta asumir la práctica supremacía que es posible asumir sobre otros hombres, sin la ayuda de algún tipo de refuerzos y artes, siempre más o menos despreciables y abyectas en sí mismas. Esto es lo que aparta para siempre de las tribunas del mundo a los verdaderos príncipes divinos del Imperio; y deja los más altos honores que este aire puede otorgar a esos hombres que se hacen famosos más a través de su infinita inferioridad respecto al oculto puñado de elegidos del Divino Inerte, que a través de su indudable superioridad sobre el nivel yerto de la masa. Tal gran virtud se oculta en estas pequeñas cosas cuando las supersticiones políticas extremas las ungen, que en algunas instancias de la realeza incluso a la idiota imbecilidad han dotado de fuerza. Pero cuando, como en el caso del zar Nicolás, la corona anillada del imperio geográfico circunda un cerebro imperial, entonces las hordas plebeyas se agazapan, humilladas, ante la tremenda concentración. Y el dramaturgo trágico que quiera describir la mortal indomabilidad en su mayor empuje y más terrible impulso no olvidará nunca una sugerencia incidentalmente tan importante para su arte como la ahora aludida.