Moby Dick

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Cuando el último eco de su paso de sultán se ha desvanecido, y Starbuck, el primer emir, tiene todas las razones para suponer que está sentado, entonces Starbuck se despabila de su quietud, da unas pocas vueltas por las planchas, y tras una severa ojeada a la bitácora, dice con cierto toque de amabilidad: «La comida, señor Stubb», y desciende el escotillón. El segundo emir holgazanea entre la jarcia un rato, y entonces, agitando ligeramente la braza mayor para ver si ese importante cabo está firme, sigue el estribillo de igual manera, y con un rápido «la comida, señor Flask», sigue a sus predecesores.

Mas el tercer emir, viéndose ahora completamente solo en el alcázar, parece sentirse aliviado de alguna singular constricción; pues soltando toda clase de guiños cómplices en toda clase de direcciones, y quitándose los zapatos, se lanza al brusco aunque silencioso tronar de un baile marinero exactamente sobre la cabeza del gran turco; y entonces, lanzando su gorra mediante diestra maniobra sobre la cofa de mesana, como si de una repisa se tratara, baja vivaracho, al menos hasta que permanece visible desde cubierta, contraponiendo todas las demás procesiones al concluir con música. Pero antes de llegar abajo al umbral de la cabina hace una pausa, embarca una cara totalmente nueva y, entonces, el independiente e hilarante pequeño Flask, aparece en presencia del rey Ajab en el papel de Abjectus, o el esclavo.


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