Moby Dick

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No es la menor entre las extrañas cuestiones engendradas por la profunda artificialidad de las costumbres del mar que mientras al aire libre de la cubierta algunos oficiales, bajo provocación, se comportarán lo bastante osada y desafiantemente hacia su comandante, no obstante, diez a uno, dejad que esos mismos oficiales bajen en el instante siguiente a la acostumbrada comida en la cabina de ese mismo comandante, y de inmediato, su inofensivo, por no decir deprecativo y humilde aire hacia él mientras ocupa la cabecera de la mesa; es algo asombroso, a veces extremadamente cómico. ¿De dónde esta diferencia? ¿Un problema? Quizá no. Haber sido Baltasar, rey de Babilonia; y haber sido Baltasar no con altivez, sino cortésmente, ahí, ciertamente, hubo de haber existido cierto toque de mundana grandeza. Mas aquel que preside su propia mesa de invitados con el adecuado regio e inteligente espíritu, de ese hombre, en ese momento, el incontestado poder y dominio del influjo individual, la realeza del estado de ese hombre transciende la de Baltasar, pues Baltasar no fue el más grande. Aquel que, aunque sólo sea una vez, ha invitado a comer a sus amigos, ha saboreado lo que es ser un césar. Es un hechizo de zarismo social que no es posible resistir. Ahora bien, si a esta consideración añadís, además, la supremacía oficial de un capitán de barco, entonces, por inferencia, deduciréis la causa de esa peculiaridad de la vida marítima acabada de mencionar.


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