Moby Dick
Moby Dick Su mesa taraceada de marfil Ajab la presidía como un mudo y melenudo león marino en una blanca playa de coral, rodeado de sus beligerantes aunque respetuosos cachorros. Cada oficial esperaba su propio turno para ser servido. Ante Ajab eran como niños pequeños; y, sin embargo, en Ajab no parecía albergarse la menor arrogancia social. Con una única mente, todos sus ojos atentos se clavaban sobre el cuchillo del viejo mientras trinchaba el plato principal ante sí. Supongo que ni por el mundo entero habrían profanado ese momento con la más ligera observación, ni siquiera sobre un tema tan neutral como el tiempo. ¡No! Y cuando al adelantar su cuchillo y tenedor, entre los que estaba sujeta la tajada de buey, Ajab de ese modo guiaba el plato de Starbuck hacia él, el oficial recibía su carne como si estuviera recibiendo limosna; y la cortaba tiernamente; y levemente sobresaltado si por casualidad el cuchillo rozaba contra el plato; y la mascaba silenciosamente; y la tragaba no sin circunspección. Pues, al igual que el banquete de coronación de Frankfurt, donde el emperador germano come a conciencia con los siete electores imperiales, estas comidas de cabina eran de algún modo comidas solemnes, celebradas en un terrible silencio; y, sin embargo, el viejo Ajab no prohibía la conversación en la mesa, lo único es que él mismo permanecía mudo. Qué alivio era para Stubb, cuando se atragantaba, si una rata armaba un repentino alboroto abajo en la bodega. Y el pobre pequeño Flask, él era el hijo más joven, el benjamín de esta fastidiosa fiesta familiar. Suyas eran las tibias del buey salado, suyos hubieran sido los muslos de pollo. Para Flask, haberse permitido servirse a sí mismo hubiera resultado algo equivalente a un hurto en primer grado. Si se hubiera servido a sí mismo en esa mesa, jamás, sin duda, podría haber sido capaz de erguir la cabeza en este honesto mundo; sin embargo, extraño decirlo, Ajab nunca se lo prohibió. Y si Flask se hubiera servido a sí mismo, lo más probable es que Ajab nunca se hubiera siquiera dado cuenta. Menos que nada se permitía Flask servirse la mantequilla. Ya fuera que pensaba que los propietarios del barco se la negaban debido a que espesaba su clara y soleada complexión; o ya fuera que consideraba que en viaje tan prolongado, en aguas tan desprovistas de mercados, la mantequilla tenía un sobreprecio, y por lo tanto no era para él, un subalterno, sea como fuere, Flask, ¡ay!, ¡era un hombre sin mantequilla!