Moby Dick
Moby Dick —¿Y tiene también un chorrear extraño —dijo Daggoo—, muy espeso, incluso para una parmaceti, y tremendamente vivo, capitán Ajab?
—Y tiene uno, dos, tres… ¡oh! muchos fierros en piel suya, también, capitán —gritó Queequeg atropelladamente—, todos atorcidos-i entorcidos-i, como el… el… —trastabillándose mucho en busca de una palabra y atornillando con su mano, girando y girando, como si descorchara una botella—, como el… el…
—¡Sacacorchos! —gritó Ajab—. SÃ, Queequeg, los arpones están en él todos torcidos y doblados; sÃ, Daggoo, su chorro es grande, como una gavilla entera de trigo, y blanco como un montón de nuestra lana de Nantucket tras el gran esquileo anual; sÃ, Tashtego, y abanica como un foque roto en una galerna. ¡Muerte y demonios, marineros, es Moby Dick al que habéis visto…! ¡Moby Dick!… ¡Moby Dick!
—Capitán Ajab —dijo Starbuck, que junto a Stubb y Flask hasta ahora habÃa estado observando a su superior cada vez con mayor sorpresa, aunque finalmente parecÃa haber caÃdo en una idea que de alguna manera explicaba todo el misterio—. Capitán Ajab, he oÃdo hablar de Moby Dick: ¿no fue acaso Moby Dick quien os arrancó vuestra pierna?