Moby Dick

Moby Dick

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—¿Quién os dijo eso? —gritó Ajab; entonces, haciendo una pausa…—. Sí, Starbuck; sí, queridos míos en torno a mí, fue Moby Dick quien me desarboló; Moby Dick quien me trajo a este muñón muerto sobre el que me sustento ahora. ¡Sí, sí! —gritó con un terrible y fragoroso gemido animal, como el de un alce encelado—. ¡Sí, sí! Fue esa maldita ballena blanca la que me cercenó; ¡hizo de mí un pobre hombre apuntalado por siempre jamás! —y alzando entonces ambos brazos, con desmedidas maldiciones, gritó—: ¡Sí, sí! Y antes que renunciar a ella la perseguiré más allá de Buena Esperanza, y más allá de Hornos, y más allá del Maelstrom de Noruega, y más allá de las llamas de la perdición. ¡Y para esto es para lo que habéis embarcado, marineros! Para cazar a esa ballena blanca a ambos lados de tierra, y por todas las partes del mundo, hasta que su chorrear sea negra sangre y voltee la aleta fuera. ¿Qué decís, marineros, ayustaréis por ello ahora las manos? Creo que tenéis aspecto valiente.

—¡Sí, sí! —gritaron arponeros y marineros, acercándose al excitado viejo—. ¡Ojo agudo para la ballena blanca, lanza aguda para Moby Dick!

—Que Dios os bendiga —parecía medio sollozar y medio gritar—. Que Dios os bendiga, marineros. ¡Mozo!, ve a por la medida grande de grog. Pero ¿por qué esa cara larga, señor Starbuck? ¿No queréis dar caza a la ballena blanca? ¿No estáis maduro para Moby Dick?


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