Moby Dick
Moby Dick —Estoy maduro para su torcida mandÃbula, capitán Ajab, y para las mandÃbulas de la muerte también, si honestamente llega en el desempeño del oficio que practicamos; pero yo vine aquà a cazar ballenas, no a cazar la venganza de mi comandante. ¿Cuántos barriles os proporcionarÃa vuestra venganza, si es que la obtuvierais, capitán Ajab? No os darÃan mucho por ella en nuestro mercado de Nantucket.
—¡Mercado de Nantucket! ¡Bah! Mas acercaos, Starbuck; vos requerÃs un nivel algo más profundo. Si el dinero va a ser la vara de medir, compañero, y los contables han computado el globo, su gran contadurÃa, rodeándolo con guineas, una por cada tercio de pulgada, dejadme entonces que os diga que mi venganza producirá un gran beneficio ¡aquÃ!
—Se golpea el pecho —susurró Stubb—, ¿a qué viene eso? Para mà que suena muy grande, aunque vacÃo.
—¡Vengarse de un necio animal —gritó Starbuck—, que simplemente os atacó por el más ciego instinto! ¡Demencia! Capitán Ajab, encolerizarse contra un ser simple resulta blasfemo.