Moby Dick
Moby Dick ¿Es que, por su imprecisión, realza los despiadados vacíos e inmensidades del universo, y de esta manera, cuando observamos las blancas profundidades de la Vía Láctea, nos golpea desde atrás con la idea de la aniquilación? ¿O es que como en esencia la blancura no es tanto un color, sino la visible ausencia de color, y a la vez la concreción de todos los colores, es por estas razones que en un extenso paisaje nevado hay tan muda carencia, llena de significado… una incolora plenitud de color de ateísmo, de la que nos retraemos? Y cuando consideramos esa otra teoría de los filósofos naturales, que todas las tonalidades terrenales —cada elegante o encantador ornato—, las dulces veladuras de los cielos y los bosques vespertinos, sí, y los metalizados terciopelos de las mariposas, y las mejillas de mariposa de las muchachas, todo ello no es sino sutil engaño, no inherente en realidad a la sustancia, sino sólo aplicado desde fuera; de manera que la entera deificada naturaleza se pinta toda ella como una mujerzuela cuyos encantos nada cubren salvo el osario que hay dentro; y cuando profundizamos y consideramos que el cosmético místico que produce cada una de sus tonalidades, el gran principio de la luz, permanece por siempre blanco o carente de color en sí, y que si operara sobre la materia sin nada que mediara, tocaría todos los objetos, incluso los tulipanes y las rosas, con su propio matiz vacío… ponderando todo esto, el universo paralizado yace ante nosotros como un apestado; y como los obstinados viajeros que en Laponia se niegan a llevar gafas coloreadas y coloreantes sobre sus ojos, así el miserable infiel mira el monumental sudario blanco que envuelve todo porvenir a su alrededor, hasta quedarse ciego. Y de todas estas cosas la ballena albina era el símbolo. ¿Os sorprendéis aún de la feroz cacería?