Moby Dick
Moby Dick Para lograr su objetivo, Ajab tenÃa que utilizar herramientas; y de todas las herramientas utilizadas a la sombra de la luna, las más propensas a averiarse son los hombres. SabÃa, por ejemplo, que por muy magnético que en algunos aspectos fuera su ascendiente sobre Starbuck, ese ascendiente no abarcaba, no obstante, al hombre espiritual en su totalidad, más de lo que la mera superioridad corporal implica dominio intelectual; pues para lo puramente espiritual lo intelectual está sólo en una especie de relación corporal. El cuerpo de Starbuck, y la voluntad coaccionada de Starbuck, serÃan de Ajab mientras Ajab mantuviera su imán en el cerebro de Starbuck; aun asÃ, sabÃa que, con todo, el primer oficial, en su alma, aborrecÃa la empresa de su capitán y que, si pudiera, gozosamente se desgajarÃa de ella, o incluso la frustrarÃa. Se podÃa dar que transcurriera un largo intervalo antes de que la ballena blanca fuera avistada. Durante ese largo intervalo, a no ser que se incorporaran algunos ordinarios, prudenciales y circunstanciales influjos que actuaran sobre él, Starbuck siempre tendrÃa propensión a caer en abiertas reincidencias de rebelión contra el liderazgo de su capitán. No sólo eso, sino que la sutil demencia de Ajab en lo relativo a Moby Dick en modo alguno se manifestaba más significativamente que en su sagacidad y sentido superlativos, al prever que, por el momento, la caza debÃa estar despojada de esa extraña impiedad imaginativa de que estaba investida por naturaleza; que la totalidad del terror de la expedición debÃa mantenerse apartada en el oscuro fondo (pues el valor de pocos hombres es capaz de soportar la prolongada meditación no aliviada mediante la acción); que cuando cumplieran sus largas guardias nocturnas, sus oficiales y sus hombres habÃan de tener cosas más cercanas en que pensar que Moby Dick. Pues por muy ansiosa e impetuosamente que la feroz tripulación hubiera celebrado el anuncio de su cacerÃa, todo marinero, de la clase que sea, es más o menos caprichoso y poco fiable —vive en la cambiante meteorologÃa exterior, e inhala su volubilidad—, y cuando se le retiene en la tarea con un objetivo remoto y vacÃo, por muy finalmente prometedor de vida y pasión, es requisito, por encima de todas las cosas, que intervengan alicientes y labores temporales y lo mantengan sanamente en suspenso para el embate final.