Moby Dick

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Hay otra pequeña cuestión sobre la práctica del gam que no debe ser aquí olvidada. Todas las profesiones tienen sus propias pequeñas peculiaridades de detalle; y así sucede con la pesquería de la ballena. En un barco pirata, un buque de guerra o uno negrero, cuando el capitán es transportado a algún sitio en su lancha, siempre se sienta en los bandines de popa, en un confortable asiento, a veces acolchado, y él mismo a menudo patronea con una encantadora pequeña caña de petimetre, decorada con alegres cuerdas y cintas. Pero la lancha ballenera no tiene asiento a popa, ni sofá alguno de esa clase, ni ninguna caña. Qué tiempos serían, efectivamente, si los capitanes balleneros fueran llevados deslizándose de un lado a otro por el agua como viejos regidores gotosos, en sillas de ruedas de cuero. Y, por lo que respecta a la caña, la lancha ballenera no admite en modo alguno semejante afeminación; y por lo tanto, como en la práctica del gam una entera tripulación de lancha debe dejar el barco, de ahí que, como el piloto de la lancha o arponero es uno de ellos, en esa ocasión es este subordinado el que patronea, y el capitán, no disponiendo de lugar en el que sentarse, es trasladado a su visita enteramente en pie, como un pino. Y a menudo observaréis que, al ser consciente de que los ojos de todo el visible mundo descansan sobre él desde las bordas de los dos barcos, este erguido capitán está absolutamente pendiente de la importancia de mantener su dignidad sustentando sus piernas. Y no es éste un asunto sencillo en modo alguno; pues a su espalda está el inmenso remo de gobierno, que se proyecta y le golpea ocasionalmente en los riñones, y a éste le contesta el remo de popa, golpeteando en las rodillas por la parte de delante. Así, se encuentra comprimido tanto por delante como por detrás, y sólo puede expandirse de lado afianzándose sobre sus estiradas piernas; aunque un repentino y violento cabecear de la lancha a menudo estará a punto de tumbarle, pues la longitud del apoyo no es nada sin la correspondiente anchura. Limitaos a hacer un ángulo abierto con dos pértigas, y no podréis mantenerlo erguido. Además, no se aceptaría nunca, a plena vista de los ojos fijos del mundo, nunca se aceptaría, digo, que se viera a este capitán, que está a horcajadas, mantenerse en equilibrio ni en la menor porción a base de agarrarse a algo con las manos; de hecho, como muestra de un boyante y absoluto autocontrol, lleva generalmente las manos en los bolsillos del pantalón; aunque quizá, al ser normalmente manos muy grandes y pesadas, las lleve allí como lastre. De cualquier manera, se han dado casos, bien autentificados además, en los que se ha sabido que el capitán, durante uno o dos momentos inusualmente críticos, digamos en un repentino turbión… se ha agarrado al pelo del remero más cercano y allí se ha aferrado como la desolada muerte.


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