Moby Dick
Moby Dick —En la orilla este del lago Erie, señor; pero… ruego Vuestra Merced… sea, escuchad más sobre todo ello. Bien, caballeros, en bergantines de aparejo redondo y barcos de tres mástiles, casi tan grandes y resistentes como cualquiera que jamás navegara desde vuestro viejo Callao hasta la lejana Manila, este lagonero, con todas esas filibusteras impresiones rurales popularmente asociadas con el ocĂ©ano abierto, habĂa sido, no obstante, criado en el corazĂłn encerrado entre tierras de AmĂ©rica. Pues en su interconectado conjunto esos enormes mares de agua dulce nuestros —el Erie, y el Ontario, y el Huron, y el Superior, y el Michigan— poseen una oceánica extensiĂłn con muchos de los más nobles rasgos del ocĂ©ano; con muchas de sus variedades litorales de razas y climas. Contienen archipiĂ©lagos circulares de románticas islas, lo mismo que las aguas de la Polinesia; están bordeados en gran parte por dos grandes naciones diferenciadas, lo mismo que el Atlántico; forman desde el oriente largos accesos marĂtimos a nuestras numerosas colonias territoriales, diseminadas a todo alrededor de sus orillas; son observados aquĂ y allĂ con gravedad por baterĂas artilleras, y por los cañones peñascosos, como cabras montesas del excelso Mackinaw; han escuchado los truenos de flotas en victorias navales; a intervalos ceden sus playas a bárbaros salvajes, cuyos rostros pintados de rojo surgen desde sus tipis de pieles; durante leguas y leguas están flanqueados por arcaicos e inexplorados bosques, en los que los esbeltos pinos se alzan como compactas lĂneas de reyes de genealogĂas gĂłticas; esos mismos bosques que albergan feroces fieras africanas, y criaturas sedosas cuyas pieles exportadas proporcionan mantos a los emperadores tártaros; reflejan las capitales empedradas de Buffalo y Cleveland, y tambiĂ©n las aldeas Winnebago; hacen flotar de igual modo al barco mercante de aparejo entero, al crucero armado del Estado, al barco de vapor, y a la canoa de abedul; son barridos por desarboladoras ráfagas del bĂłreas, tan terribles como cualquiera que azote la ola salada; saben lo que son los naufragios, pues, aun estando en el interior, han hundido hasta el fondo, fuera de vista de tierra, muchos barcos furtivos con todas sus implorantes tripulaciones. AsĂ, caballeros, aunque de tierra firme, Steelkilt era nativo del fiero ocĂ©ano, y en el fiero ocĂ©ano criado; marino tan audaz como cualquiera. Y, en lo que a Radney respecta, aunque en su infancia puede que se tumbara en la solitaria playa de Nantucket para nutrirse de su maternal mar; aunque en la vida posterior llevaba tiempo recorriendo nuestro austero Atlántico y vuestro contemplativo PacĂfico; aun asĂ, era casi tan vengativo y dado a la reyerta social como el marinero de los bosques reciĂ©n llegado de las latitudes de cuchillo de monte con mango de asta de ciervo. Con todo, este nativo de Nantucket era un hombre con algunos rasgos de buen corazĂłn; y este lagonero fuera un marinero que, aunque fuera de hecho una especie de demonio, cabrĂa, no obstante, con inflexible firmeza, temperada sĂłlo por esa decencia comĂşn de humano reconocimiento, que es el derecho del más mĂsero de los esclavos; este Steelkilt, asĂ tratado, hacĂa tiempo que habĂa sido mantenido inofensivo y dĂłcil. En todo caso, asĂ se habĂa mostrado hasta entonces. Aunque habĂan encolerizado a Radney, y estaba condenado, y Steelkilt… Mas escuchad, caballeros.