Moby Dick

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»A lo largo de trescientas sesenta millas, caballeros, a través de la entera extensión del estado de Nueva York; a través de numerosas ciudades populosas y muy prósperos pueblos; a través de grandes, desolados pantanos deshabitados, y florecientes campos cultivados de fertilidad sin par; entre salas de billar y bares; a través del sancta sanctórum de grandes bosques; sobre arcos romanos por encima de ríos indios; a través de sol y de sombra; junto a corazones felices o rotos; a través de todo el amplio contraste de paisajes de esos nobles condados Mohawk; y, en especial, junto a hileras de capillas blancas como la nieve, cuyos chapiteles se yerguen casi como mojones, fluye un cauce de vida venecianamente corrupta y a menudo sin ley. Allí están vuestros auténticos Ashantee, caballeros; allí aúllan vuestros paganos; en la puerta de al lado, donde los encontraréis siempre; bajo la sombra de largo alcance y el arropado abrigo protector de las iglesias. Pues a causa de cierta curiosa providencia, lo mismo que frecuentemente se advierte en vuestros filibusteros metropolitanos, que siempre acampan alrededor de los palacios de justicia, así los pecadores, caballeros, donde más abundan es en las santas vecindades.

—¿Es ése que pasa un fraile? —dijo don Pedro, mirando hacia abajo, a la plaza, con jovial preocupación.

—Afortunadamente para nuestro amigo del norte, la Inquisición de doña Isabel flaquea en Lima —rio don Sebastián—. Proceda, señor.


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