Moby Dick

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»A la salida del sol el capitán fue a proa, y golpeando sobre cubierta llamó a los prisioneros al trabajo, pero ellos se negaron a gritos. Entonces se les bajó agua, y se tiraron tras ella un par de puñados de bizcocho; después, de nuevo volviendo a echarles la llave, y a guardársela, el capitán regresó al alcázar. Dos veces por día durante tres se repitió esto; pero en la cuarta mañana, mientras se realizaba el acostumbrado requerimiento, se escuchó una confusa bronca, y una pelea después; y de pronto cuatro hombres surgieron del castillo diciendo que estaban dispuestos a entregarse. El fétido enclaustramiento del aire, y una dieta de hambruna, unidas quizá a ciertos temores a un ulterior castigo, les habían constreñido a rendirse a discreción. Crecido por ello, el capitán reiteró su requerimiento al resto, pero Steelkilt le gritó una insinuación terrible sobre dejar de balbucir y marcharse donde le correspondiera. En la quinta mañana otros tres de los amotinados surgieron al aire, zafándose de los desesperados brazos que desde abajo trataron de evitarlo. Sólo quedaban tres.

»“Sería mejor que volvierais al trabajo, ¿no?”, dijo el capitán con despiadado sarcasmo.

»“¡Vuelva a encerrarnos de una vez!”, gritó Steelkilt.

»“¡Oh! Como queráis”, dijo el capitán, y la llave cerró.


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