Moby Dick

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»“Como un acollador para tu petate; pero es raro, diría yo”.

»“Sí, más bien raro”, dijo el lagonero, sujetándolo con el brazo extendido ante él; “pero creo que servirá. Compañero, no tengo bastante cuerda, ¿tienes tú algo?”.

»Pero no había nada en el castillo.

»“Entonces tengo que procurarme alguna del viejo Rad”; y se levantó para ir a proa.

»“¿No querrás decir que vas a ir a mendigarle a él ?”, dijo un marinero.

»“¿Por qué no? ¿Crees que no me hará un favor cuando en el fondo se trata de favorecerse a sí mismo, compañero?”, y, acercándose al primer oficial, le miró tranquilamente y le pidió algo de cuerda para reparar su coy. Le fue entregada; ni la cuerda ni la soga fueron vueltas a ver; pero la noche siguiente una bola de hierro, rodeada por una tupida red, sobresalió parcialmente del bolsillo de la cazadora del lagonero mientras estaba doblándola sobre su coy como almohada. Veinticuatro horas más tarde, su turno al silencioso timón (junto al hombre que era dado a dormitar sobre la tumba siempre recién excavada para el marino) estaba a punto de llegar; y en el alma preordenante de Steelkilt, el primer oficial ya estaba rígido y estirado como un cadáver, con su frente machacada.


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