Moby Dick
Moby Dick »Pero, caballeros, un necio salvó al asesino en potencia del hecho de sangre que había planeado. Aunque aun así obtuvo una completa venganza, y sin ser él el vengador. Pues a través de una misteriosa fatalidad, los propios Cielos parecieron intervenir para quitarle de las manos y tomar en las suyas el acto condenatorio que habría cometido.
»Fue exactamente entre el clarear del día y la salida del sol de la mañana del segundo día, mientras estaban baldeando las cubiertas, cuando un necio marinero de Tenerife, sacando agua en la gatera principal, gritó: “¡Allí voltea! ¡Allí voltea! ¡Jesús! ¡Qué ballena!”. Era Moby Dick.»
—¡Moby Dick! —gritó don Sebastián—. ¡Santo Domingo! Señor marino, ¿es que las ballenas tienen nombre? ¿A quién llamáis Moby Dick?
—A un muy blanco, y muy famoso, y muy mortífero monstruo inmortal, señor… Aunque ésa sería una historia demasiado larga.
—¿Cómo? ¿Cómo? —gritaron todos los jóvenes españoles, rodeándome.
—No. Caballeros, caballeros… ¡No, no! No puedo relatar eso ahora. Dejadme un poco más de aire, señores.
—¡La chicha! ¡La chicha! —gritó don Pedro—; nuestro vigoroso amigo parece desfallecer; ¡llenad su vaso vacío!