Moby Dick

Moby Dick

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—No es necesario, señores; un momento, y continúo… Bien, caballeros, al percibir tan repentinamente a la nívea ballena a cincuenta yardas del barco (descuidado del pacto entre la tripulación), el tinerfeño, en la excitación del momento, había instintiva e involuntariamente alzado su voz por el monstruo, aunque ya hacía cierto tiempo que había sido claramente observado desde los tres taciturnos topes. Todo era ahora un frenesí. “¡La ballena blanca… la ballena blanca!” era el grito del capitán, de los oficiales y los arponeros, que no arredrados por intimidantes rumores, estaban más que ansiosos de capturar tan famoso y preciado pez; al tiempo que la terca tripulación miraba con recelo, y maldiciendo, la espeluznante belleza de la vasta masa lechosa, que, iluminada por un sol que irradiaba horizontalmente, oscilaba y refulgía como un ópalo viviente en el mar azul de la mañana. Caballeros, una extraña fatalidad impregna el desarrollo completo de estos acontecimientos, como si en verdad la ruta estuviera establecida antes de que el mundo estuviera cartografiado. El amotinado era el tripulante de proa del primer oficial, y su función, una vez sujetos a un pez, era sentarse a su lado mientras Radney se ponía en pie con la lanza en la proa, y halar o soltar la estacha, siguiendo la voz de mando. Lo que es más, cuando se arriaron las cuatro lanchas, la del primer oficial se puso en cabeza; y ninguno aullaba más fieramente de deleite que Steelkilt mientras se esforzaba en su remo. Tras un duro esfuerzo, su arponero hizo presa en la pieza, y Radney, con la pica en la mano, saltó a la proa. Al parecer, era un tipo siempre iracundo en la lancha. Y ahora su fajado grito era que le hicieran desembarcar en la parte más alta del lomo de la ballena. No de mala gana, su tripulante de proa le impulsó cada vez más alto, a través de una espuma cegadora que fundía dos blancuras; hasta que de pronto la lancha golpeó, como contra un escollo sumergido, e inclinándose, lanzó afuera al primer oficial, que estaba en pie. En ese instante, cuando cayó en el deslizante lomo de la ballena, la lancha se enderezó y fue impulsada a un lado por las olas, mientras Radney era arrojado al mar por el otro flanco del animal. Surgió entre el borbollón, y durante un instante fue entrevisto a través de ese velo, tratando ferozmente de apartarse del ojo de Moby Dick. Pero la ballena giró con rapidez en un pronto remolino; atrapó al nadador entre sus mandíbulas; y elevándose muy alto con él, de nuevo se zambulló de cabeza, y se sumergió.


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