Moby Dick

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»Unos diez días después de que los barcos franceses zarparan, llegó la lancha ballenera, y el capitán se vio forzado a alistar a algunos de los más civilizados nativos, familiarizados de algún modo con el mar. Arrendando una pequeña goleta del lugar, volvió con ellos hasta su navío; y al encontrar todo bien allí, siguió su travesía.

»Dónde está ahora Steelkilt, caballeros, nadie lo sabe; pero en la isla de Nantucket la viuda de Radney todavía mira al mar, que rehúsa devolver sus muertos; todavía en sueños ve la horrible ballena blanca que lo destrozó». * * * *

—¿Habéis terminado? —dijo don Sebastián serenamente.

—He terminado, señor.

—Entonces, os lo ruego, decidme si, según vuestras más profundas convicciones esta historia vuestra es en sustancia verdaderamente cierta. ¡Es tan entretenidamente maravillosa! ¿La conocéis de una fuente incuestionable? Sed paciente conmigo si os parezco insistente.

—Sed también paciente con todos nosotros, señor marino; pues todos nos unimos a la causa de don Sebastián —alzó la voz el grupo con creciente interés.

—¿Hay una copia de los Santos Evangelios en la Posada Dorada, caballeros?


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