Moby Dick

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—No —dijo don Sebastián—. Pero conozco a un honorable sacerdote, aquí cerca, que me procurará una. Voy a por ella; pero ¿habéis pensado lo que hacéis? Puede que esto se vuelva demasiado serio.

—¿Seréis tan amable de traer también al sacerdote, señor?

—Aunque en la actualidad no hay autos de fe en Lima —dijo uno de los del grupo a otro—, temo que nuestro amigo marino corra el riesgo del arzobispado. Retirémonos más de la luz de la luna. No veo la necesidad de esto.

—Perdonadme que corra tras vos, don Sebastián; pero ¿podría también rogar que procurarais traer los Evangelios del mayor tamaño posible?

* * * * *

—Éste es el sacerdote, os trae los Evangelios —dijo don Sebastián gravemente, volviendo con una figura alta y solemne.

—Permitid que me quite el sombrero. Ahora, venerable sacerdote, más a la luz, y sujetad el libro santo ante mí para que pueda tocarlo.

»En el nombre del Cielo y por mi honor, la historia que os he contado, caballeros, es, en sustancia y en sus grandes rasgos, cierta. Yo sé que es cierta, ocurrió en esta tierra: yo anduve por el barco; yo conocí a la tripulación; yo he visto a Steelkilt y he hablado con él después de la muerte de Radney.


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