Moby Dick

Moby Dick

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En la distancia emergía indolentemente una gran masa blanca; y flotando cada vez más arriba, y desenmarañándose del azul, finalmente refulgió ante nuestra proa como una avalancha de nieve recién caída de las montañas. Así brilló durante un instante, con la misma lentitud fue hundiéndose, y se sumergió. Entonces volvió a surgir, y silenciosamente refulgió. No parecía una ballena; y, sin embargo, ¿es Moby Dick?, pensó Daggoo. De nuevo el fantasma descendió, pero al reaparecer de nuevo, con un grito como un estilete, que sobresaltó a todos los hombres en su somnolencia, el negro chilló…

—¡Allí! ¡Allí otra vez!, ¡allí rompe!, ¡justo al frente! ¡La ballena blanca, la ballena blanca!

Ante lo cual, los marineros se precipitaron a las vergas lo mismo que las abejas se precipitan a las ramas en el momento de enjambrar. Descubierta la cabeza bajo el sofocante sol, Ajab se situó en el bauprés, y con una mano echada muy atrás, en disposición de señalar sus órdenes al timonel, fijó su ansiosa mirada en la dirección indicada desde lo alto por el brazo extendido e inmóvil de Daggoo.



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