Moby Dick
Moby Dick Ya fuera que la efímera aparición de aquel callado y solitario surtidor hubiera afectado poco a poco a Ajab, de manera que ahora estuviese dispuesto a asociar las ideas de suavidad y reposo con el primer avistamiento de la particular ballena que perseguía; o ya fuera que su ansia le traicionaba, comoquiera que pudiera haber sido, en cuanto percibió la masa blanca, con enérgica intensidad, dio instantáneamente orden de arriar.
Pronto estuvieron las cuatro lanchas en el agua; la de Ajab por delante, y todas bogando con rapidez hacia su presa. En seguida ésta descendió, y mientras con los remos suspendidos estábamos esperando su reaparición, ¡hete aquí!, en el mismo punto en el que se había hundido, de nuevo lentamente emergió. Casi olvidando por el momento toda idea de Moby Dick, observamos ahora el más fantástico fenómeno que los mares secretos hayan revelado hasta el momento a la humanidad. Una enorme masa pulposa de un brillante color crema, estadios de anchura y longitud, flotaba sobre el agua; innumerables largos brazos radiando desde su centro, y ondeándose y retorciéndose igual que un nido de anacondas, como para hacer presa ciegamente en cualquier desafortunado objeto a su alcance. No mostraba cara o parte anterior perceptible; ni concebible indicio ni de sensación, ni de instinto; simplemente ondulaba allí en las olas, una informe, aterrenal y fortuita aparición de vida.