Moby Dick

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Así, la estacha envuelve la entera lancha en sus complicados lazos, retorciéndose y contorsionándose a su alrededor en casi todas las direcciones. Todos los remeros están enredados en sus peligrosos enroscamientos; de manera que, a los tímidos ojos del hombre de tierra firme, parecen malabaristas indios con las más mortíferas serpientes festoneando traviesamente en sus extremidades. Y ningún hijo de mujer humana es capaz de sentarse por vez primera entre esas marañas de cáñamo y, a la vez que se esfuerza todo cuanto puede al remo, pensar que en cualquier ignoto instante cabe que se arroje el arpón y que, como relámpagos anillados, se activen todas esas horrible contorsiones; no es capaz de encontrarse de manera semejante en tal premura sin un escalofrío que hace que la propia médula de sus huesos tiemble en él como gelatina zarandeada. Sin embargo, la costumbre… ¡extraña cosa!, ¿qué no podrá la costumbre lograr?… Ocurrencias más simpáticas, más alegre alborozo, mejores chistes y más brillantes réplicas nunca escuchasteis sobre vuestra caoba, que las que escucharéis sobre el cedro blanco de media pulgada de la ballenera, mientras estáis así colgado en los nudos de ahorcado; y podríais decir que, como los seis burgueses de Calais ante el rey Eduardo, los seis hombres que componen la tripulación bogan hacia las mandíbulas de la muerte con una soga alrededor de cada uno de sus pescuezos.


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