Moby Dick
Moby Dick SÃ, un enorme cambio se habÃa producido en el pez. Alerta enteramente del peligro, marchaba «cabeza por delante»; proyectando oblicuamente esa parte de su anatomÃa por encima de la caótica efervescencia que hacÃa.
—¡Largadla, largadla, tripulantes mÃos! No os apresuréis; tomaos tiempo en abundancia… pero largadla; largadla como truenos, eso es todo —gritó Stubb, escupiendo el humo mientras hablaba—. Largadla ahora; Tashtego, dales el golpe largo y fuerte. Lárgala, Tash, muchacho… largadla, todos; pero mantened la calma, mantened la calma… tan frescos es la expresión… tranquilos, tranquilos… limitaos a largarla como la muerte desolada y los sonrientes demonios, y sacad perpendicularmente de sus tumbas a los muertos enterrados, muchachos… eso es todo. ¡Largadla!
—¡Woo-hoo! ¡Wa-hee! —gritó el gay-header en respuesta, elevando a los cielos algún antiguo grito de guerra; a la vez que todos los remeros de la tensada lancha brincaban involuntariamente hacia delante con el tremendo golpe patrón que dio el ávido indio.
Mas sus salvajes gritos fueron respondidos por otros igual de salvajes.
—¡Kee-hee! ¡Kee-hee! —gritó Daggoo, estirándose hacia delante y hacia atrás en su banco, como un tigre que pasea en su jaula.
—¡Ka-la! ¡Koo-loo! —aulló Queequeg, como si se relamiera los labios ante un bocado de filete de granadero.