Moby Dick
Moby Dick Si para Starbuck la aparición del calamar fue un episodio propio de portentos, para Queequeg fue algo muy diferente.
—Cuando tú ver a él calamar —dijo el salvaje, afilando su arpón en la proa de su lancha izada—, entonces tú pronto ver a él cachalote.
El día siguiente fue sereno y bochornoso en exceso, y no teniendo nada especial en que ocuparse, la tripulación del Pequod apenas podía resistir el embeleso del sueño inducido por un mar tan vacío. Pues esta parte del océano Índico a través de la que entonces navegábamos no es lo que los balleneros llaman un caladero movido; es decir, ofrece menos ocasiones que el del Río de la Plata o el caladero de las aguas costeras del Perú para observar marsopas, delfines, peces voladores y otros vivaces habitantes de aguas más animadas.
Era mi turno de ocupar el tope del trinquete; y con los hombros apoyados contra los aflojados obenques del sobremastelerillo, me balanceaba perezosamente de un lado al otro en lo que parecía una atmósfera encantada. Ninguna voluntad podría resistirlo; perdiendo toda conciencia en ese somnoliento estado de ánimo, mi alma finalmente se separó de mi cuerpo; aunque mi cuerpo todavía continuó balanceándose, como lo hace un péndulo mucho después de haber retirado la fuerza que inicialmente lo ha movido.